Esta sección reúne una serie de “categorías” inventadas, alrededor de objetos y residuos materiales, encontrados y pensados durante los casos examinados en nuestra Agencia.
Las categorías funcionan más que nada como pequeños bosquejos de la idea de “categoría.” Son breves entradas de reflexión utilizadas para agrupar las semejanzas entre nuestras observaciones materiales, y de paso, ahondar en la biografía de ciertos objetos que consideramos representativos según los casos. Se podrá ver, cómo una misma categoría se puede complementar con muchos ejemplos localizados en distintos procesos.

CUADERNO Objetario Objetos Ausentes Procesos

Los objetos ausentes

Con nuestro reciente caso resuelto Cuaderno de Campo (julio 2018) accedimos a la investigación de otro tipo de materialidad que dadas las circunstancias, puso en práctica y sin nosotros buscarlo, una tentativa conceptual que desde que comenzamos con la agencia nos atrajo: la posibilidad de hacer un teatro de objetos sin objetos. Mejor dicho, un teatro de objetos documentales sin objetos físicos aunque sí mentales. El vacío material o la inmaterialidad como sustancias que instigaran la emergencia de escenarios impensados y a la vez, mantuvieran su impulso creativo en la existencia virtual de los objetos. Una paradoja que abriera territorios además cercanos con nuestra experiencia contemporánea del desvanecimiento o la transfiguración material hacia la virtualidad, aunque desde otra perspectiva no relacionada a la digitalización sino a la memoria en sí como acontecimiento virtual.
Cuaderno de Campo resolvió dos casos en uno, (léase Cuaderno de Campo en casos resueltos) por un lado nos acercamos a muchos objetos documentales del lado de la memoria botánica (cuadernos de campo, fotografías, dibujos, artefactos científicos, semilleros, prensas de herbario, etc.) pero por la parte de la memoria barraquista nos acercamos a la señalada virtualidad de los objetos al encontrarnos con una gran comunidad de objetos ausentes.

Escombros de barracas encontrados tras hacer “arqueología” en las tierras del Jardín Botánico de Barcelona

 

Cuando nos reunimos con Oriol Granados, estudioso de la historia de la montaña de Montjuïc (creador del Servicio Arqueológico de la Ciudad de Barcelona y que además fue maestro en los barrios de barracas) y le dijimos que éramos detectives de objetos, nos dijo que lo teníamos difícil, que tratar de hablar de la memoria de las barracas a través de la objetualidad era una misión imposible. No sólo por la carencia material que padecía aquel entorno, sino también porque realmente no había quedado nada físico de aquellas comunidades, más allá de algunas fotografías y un gran objeto de objetos: La Voz de la Montaña. Ésta fue una revista de 21 números, escrita por los propios barraquistas entre 1967 y 1968, y en la que escribieron enérgicamente sobre las necesidades infraestructurales de sus barrios, como de su deseo asociativo para el bien de los mismos. Por nuestra parte, “objetocentramos” y recorrimos cada una de sus líneas para adentrarnos en una discursividad hecha por jóvenes principalmente, llena de vida y del afán por mejorar desde la auto-organización el estado de la cosas.

Oriol Granados nos hizo ver que en este caso a resolver, el único objeto restante era la memoria. La memoria convertida en objeto.

Mientras más escuchábamos los testimonios de los ex-barraquistas y sin nosotros preguntarles nada alusivo a los objetos, comprendimos que en realidad estaban llenos de una objetualidad muy vívida que parecía actualizarse en cada narración. Además, por las condiciones precarias del lugar, observamos la semejanza entre los relatos objetuales, el protagonismo recurrente de ciertas cosas en el estado alerta de la supervivencia o el cómo, al vivir en espacialidades tan reducidas, se daban otro tipo de vínculos afectivos con los objetos.
El estado de virtualidad de los objetos parecía abandonar su estado intangible cuando también nuestra comunidad protagonista, accedió a dibujarnos un mapa de sus barracas. Con ellos y ellas revivimos lo que había, lo que no, y cuál era el lugar del cuerpo dentro de la arquitectura emergente, construida a veces, en una sola noche para que la policía no advirtiera la edificación ilegal. Uno de los ex-barraquistas, Pepe Carmona
-quien por azar objetivo nos encontramos en el Jardín Botánico de Barcelona durante nuestras derivas- fue quien mejor nos describió su barraca a escala 1.1. Nos habló también de cómo su madre había preferido tener un mueble económico, a tener uno tipo “Luis XV” que un abogado le había regalado a su esposo, el cual tiró.
En Cuaderno de Campo dejamos clara esta ausencia de materiales físicos, convirtiéndonos así en detectives desde los procesos orales y las variaciones del recuerdo en torno a los objetos. No se trataba ya de cómo algo de las personas y los barrios sobrevivía en los objetos presentes, sino en cómo los objetos y los barrios ausentes sobrevivían, se actualizaban y encarnaban en las personas entrevistadas por nosotros. ¿Cómo traducir ese movimiento subjetivo, ese tránsito psíquico de la materia?
Los objetos ausentes se tradujeron en un recorrido dirigido por el Jardín Botánico de Barcelona, antiguo barrio de barracas, ahora bifurcado entre flora de Australia, Chile, Sudáfrica, California y la Cuenca Mediterránea Europea. Por el camino se encontraban placas en donde se confundía la información de plantas determinadas, con algún detalle cotidiano de las barracas, alusivo a su objetualidad: zurcir las medias de nylon, imaginar los más de 30.000 cubos (cubetas) a la redonda para ir por el agua, el zapatero como oficio crucial en una montaña que había que subir y bajar varias veces al día porque no había transporte. Etcétera. Así fue como aprovechamos e intervenimos las propias placas informativas del jardín y las fuimos desdibujando, para hacer resurgir poco a poco, el otro espacio todavía presente en miles de personas.

La lectura de las placas botánico-barraquistas. Foto de Nino Milone

 

Debajo del llamado “Pino de Can Valero”, uno que ya estaba desde antes de la construcción del jardín y que era de la época de las Barracas, dibujamos con agua, (siempre a punto de borrarse) los perímetros de la barraca de Pepe Carmona escala 1.1, mientras él narraba en voz en off la historia de sus muebles.

Foto de Nino Milone

 

Y debajo de los olivos, desenterramos un libro: Las sombras se equivocaron de dueño. Las barracas de Can Valero Petit de Miquel Cartisano. Éste lo encontramos en la biblioteca, y después pudimos reunirnos con Miquel, actual escritor y filósofo que vivió su infancia en las barracas. Resonamos con su narración porque en ella, se refería y en primera persona, a múltiples descripciones de la vivencia material. Se convirtió con sus memorias en un gran aliado de Cuaderno de Campo. Alrededor de los olivos gemelos de 600 años, dábamos lectura de algunos fragmentos, a la vez que cuestionábamos indirectamente nuestro propio rol de detectives de objetos, en un caso que no nos permitía más que tramitar con su virtualidad psíquica; todo esto en un paisaje que quizá guardaba sólo varias capas de tierra hacia abajo, alguna reminiscencia de lo que ahí habitó. Transcribo algunos pasajes del libro de Miquel:

Miquel Cartisano y su libro “Las Sombras se equivocaron de cdueño. Las barracas de Can Valero Petit”

 

“Había poco dinero circulando, en consecuencia, las personas no eran de multiplicar objetos. Con una cosa de cada bastaba. Así, cuando unos zapatos se estropeaban era cuando te sabías con el derecho a cambiarlos. A nadie se le hubiera ocurrido almacenar dos pares en casa”

“Las señas de identidad de un obrero eran sus herramientas. Rara era la chabola en las que entraras que no hubiera a lado de la puerta los instrumentos de faena bien a la vista. Instrumentos que siempre se enseñaban al visitante como el dato que certificaba que allí vivía una persona de la misma clase y condición que las demás, una persona trabajadora.”

“Contra el frío nocturno, a todos los efectos, La Vanguardia Española era un bien preciado. Mi madre decía que aquel papel de periódico era como el cerdo, del que se aprovechaba todo, incluso los titulares. Lo entendí mucho tiempo después.
Con aquellas hojas se envolvían los bocadillos, se tapaban los orificios de las paredes y las rendijas de la puerta por donde entraba el aire, se liaban los ladrillos calientes que te ponías en los pies cuando el frío era más helado de lo normal, e incluso hacían de alfombra cuando acababas de bañarte en la palangana […]”

“La herramienta principal de Don Cipriano no era la báscula, era su lápiz y su libreta. Allí apuntaba todo lo que fiaba a las familias del recinto. Y todos estábamos en deuda con él […] Entonces, Don Cipriano descolgaba de la oreja su lápiz de punta gorda que lamía con la lengua, y sumaba una interminable columna de pesetas y céntimos.”

“En el bar de los Tres Pins había un teléfono público. Arrinconado en el extremo del mostrador, era capaz de explicarte todas las andanzas de las gentes del poblado. Solo hacía falta alimentarle con una ficha que costaba dos pesetas y con la que abrías las puertas del mundo exterior. El silencio más sepulcral se establecía cuando sonaba el aparato, y en más de una ocasión había que ir a buscar al vecino para decirle que tenía una llamada. De allí partían todas las noticias. Y allí llegaban todas las noticias.”

En su momento, solicitamos al jardín excavar alguna parte de las hectáreas para ver si encontrábamos algún residuo o escombro simbólico, pero al ser un museo, sólo lo pudimos hacer cuando transplantaron de un lugar a otro una suerte de palmera sudafricana (un fósil vegetal, pues ya la comían los dinosaurios) llamada “encefalartos”. Y encontramos pocos restos. Rafa Usero, otro ex-barraquista, nos contó que de hecho, él ya había intentado más de una vez, hacer este trabajo de arqueología por los alrededores de la montaña, y que se emocionaba mucho cuando llegaba a encontrarse algún trozo de “rayola”, de la loza del suelo que ellos colectaban para darle forma a las “casitas emergentes”, muchas de ellas construidas con cartón-cuero.
Estos objetos ausentes se hicieron más invisibles porque con el poco tiempo que les dieron a los barraquistas para desalojar la zona, no les dio la vida para llevarse nada o más todavía, lo dejaron todo para re-inventar su existencia en un nuevo hábitat. Nos quedó claro que ellos y ellas reclaman la presencia ya no tanto de placas conmemorativas (aunque la Comisión Ciudadana para la recuperación de la memoria de las barracas ha conseguido que el Ayuntamiento les ponga más de una) como al menos de señales del pasado urbanístico del lugar, para poder volver y ubicar en dónde estaba el lugar en el que habían vivido su infancia y su adolescencia; y no sentir que la historia de sus barrios no había formado parte de la historia de Barcelona.
Escribe Marina Garcés en Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018) “La historicidad, pues, no es la acumulación de pasados ni la proyección de futuros, sino la potencia inacabada de procesos históricos. Solamente esta potencia de inacabamiento, que la sensibilidad y el pensamiento pueden recoger y transmitir, nos devuelve el carácter contencioso de la historia.” Tal vez los objetos ausentes que vibraron espectralmente con este acontecimiento llamado Cuaderno de Campo, se insertan en esta potencia del inacabamiento de la historicidad. Desde ellos se puede destejer, paradójicamente materializar y debatir, un territorio no reivindicado y que sin embargo, atravesó y atraviesa, al menos tres generaciones de ex-barraquistas. Su historicidad sigue ahí, latiendo, a la espera de que su inacabamiento se haga más visible, más audible; y es precisamente por tal factor inconcluso, que toma fuerza la sensación de lo incapturable al dialogar con los objetos ausentes como documentos. Quedan los cuerpos y su memoria material, y aquí se abre la opción de pensar en otro tipo de teatro de objetos que por ahora se deja aquí como interrogante: ¿Qué problemas y posibilidades nos plantea un teatro de objetos ausentes, un teatro de objetos mentales?

Detective Shaday Larios

 

 

CUADERNO Geobjetos Objetario Procesos

70 años de historia en llaves

Steven Connor señala en Parafernalia, la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos que la llave es un objeto que parece que “tenga que ser legible, es siempre una forma de escritura en hierro”. Como parte de nuestro primer caso resuelto, nos encontramos con que las cuatro generaciones de carpinteros Lladó del Barri Vell de Girona, además de trabajar la madera, se dedicaron a montar y desmontar cerraduras a lo largo de toda la ciudad. En setenta años nunca tiraron ni una sola de las llaves remanentes en ese gesto; están amontonadas en un cajón, aparecen por todos los rincones y en su cuerpo metálico se atestiguan las transformaciones materiales. También guardan llaves que en un acto de confianza les dejaban los vecinos por si tenían que regresar a sus casas a terminar pendientes. Lo mismo las que les confiaban los dueños de muchos comercios. Hay llaves des-cerradas, llaves heridas, llaves que alguna vez fueron poderosas y que hoy todavía están ahí como para recordarnos que fueron importantes.

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Nos dedicamos a localizar dentro de las facturas de la carpintería los lugares en los que se había colocado o descolocado una cerradura y con ello guiamos un mapa del Barrio Viejo, para tratar de ubicar también los lugares ya inexistentes por los que habían pasado los Lladó. A través de sus cerraduras podíamos recorrer espacios y mobiliarios inconexos, a veces ya en desuso. Por ejemplo, montaron cerraduras en la Torre Carlo Magno de la catedral, en el confesionario, para pianos en casas particulares, para maletas en alguno de los conventos, para mueble bares, mesillas de noches, armarios, vitrinas, archiveros, para hileras enteras de buzones en muchas comunidades de vecinos, hileras de contadores de luz, para la caja de limosnas de una de las congregaciones religiosas hecha con madera africana, áticos, puertas y portones de todo tipo, etc. Además tenían un manojo de llaves maestras que abrían muchos muebles de todo el Barri Vell de Girona, provenientes de varias épocas. Por las llaves podíamos observar también la evolución del grosor de las puertas e imaginarnos, preguntarnos e investigar, cómo ha sido el cambio de dimensiones de las viviendas. Sigue Connor sobre las llaves: “han perdido toda materialidad, convertidas en cifras abstractas”. Llaves contraseñas, llaves tarjetas, llaves dígito, llaves voz. Los centenares de llaves que se han guardado en la carpintería Lladó son un catálogo que apunta a esta desmaterialización, sin llegar todavía a perder a su par complementario, la cerradura, el resquicio, el ojo.

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Con las llaves y las facturas de la carpintería pudimos re-construir una cartografía que aún estaba en el imaginario de muchas personas del barrio. Junto con el último carpintero de los Lladó, recorrimos las calles y observamos la metamorfosis de los comercios por entre las calles atestadas de turistas. Nos dimos cuenta cómo en generaciones anteriores se practicaba con recurrencia el coleccionar, el acumular, el guardar; advertimos que era un acto compartido con otras personas de la tercera edad con las que hablamos durante nuestras derivas. Y por estas acumulaciones, en este caso de llaves, era posible trazar espacialidades, construir mapaduras para revisar desplazamientos de la ciudad y sus comercios. El complemento potencial para construir nuestra cartografía fue el tipo de “objeto-factura” almacenado en la carpintería. (Caso resuelto Primer Álbum).

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Foto de Anna Batllo

CUADERNO Geobjetos Objetario Procesos

El objeto factura

   La carpintería resultó ser, entre muchas otras cosas que la desbordaban de sí, un museo del “objeto factura.” Vimos la evolución de sus formas físicas desde 1946 hasta la fecha. Paquetes envueltos con papel y cuerda, cuadernos de todos los tamaños con y sin pasta dura, archiveros de todos los estilos, cajas de cartón, etc. Ignorábamos la precisión que encontraríamos en el interior de estos papeles. En cada uno de ellos se detallaban las acciones que había seguido el artesano para realizar su trabajo, casi como una partitura de acciones, de actemas. En cada una de ellas estaban la fecha y el lugar anotados, así que resultaron ser diarios de construcción, archivos de diseños de interiores y exteriores, planos enteros de colocaciones, restauraciones y destrucciones de muebles e inmuebles de toda Girona. Las facturas fueron puertas para conocer parte por parte cómo habían sido muchos espacios históricos de la ciudad que ya habían desaparecido. Nos adentramos a una ciudad espectral, todavía flotante, todavía con residuos y reciclajes arquitectónicos en la ciudad del presente. Radio Girona, Foto Lux, Farmacia Sagrera entre muchos otros lugares, podían reconstruirse al seguir paso a paso lo que los carpinteros habían hecho. Nos posicionamos en sus ojos, volvimos a recorrer la ciudad de la mano de Armand para anotar la razón de ser de la ciudad perdida, de la ciudad debajo de la ciudad gentrificada.

Catalogamos con distintas entradas una muestra grande de facturas y en base a ellas perfilamos un territorio en un mapa viejo con los nombres antiguos de las calles, el espacio vivido por muchos vecinos. Estrella de Diego en su pequeña crítica cartográfica occidental denominada Contra el mapa, apunta: “Desde arriba las ciudades son como las necesita el deseo: defendidas y poderosas, dilatadas en el tiempo, innumerables, puntos.” Nosotros intentamos hacerlo al revés, a través de las llaves y las facturas de los carpinteros aterrizamos una realidad de la que hablaban los habitantes de toda la vida del Barrio Viejo y que estaba debajo, muy por debajo, o muy fuera, de los mapas que se les venden a los turistas. Cuántos deseos (que jamás contemplarán los mapas oficiales) encontramos de reinventar las calles, de volver a contarlas, de volver a vivirlas, de volver a recorrerlas mentalmente bajo otros “vuelos de reconocimiento”. Tuvimos una breve posibilidad con los geobjetos conservados como patrimonio involuntario en la Carpintería Lladó. (Caso resuelto Primer Álbum).

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Foto de Anna Batllo

 

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CUADERNO Historias de vida Objetario Objeto y Memoria (mnemobjetos)

El mechero del sereno

El sr. Eduardo de la Vega (Presidente de la Asociación de Vecinos del Carrer Arc del Teatre) localizó por entre los lugares más escondidos de su casa, un mechero (encendedor) de un sereno (antiguo vigilante nocturno que había en los barrios, encargados de regular el alumbrado público), quien trabajó durante años en el Raval. Un viejo mechero de los años setenta de color dorado que le había dejado de recuerdo, el día que dejó su empleo. El sr. de la Vega conservaba aquella reliquia y según nos comentó, se trataba de uno de los últimos serenos del Raval, apodado “el grabado.” Para nosotros fue simbólico que él decidiera dejar al proyecto el mechero del último sereno del barrio chino. Presentimos que ese pequeño artilugio tenía todo el potencial de sugerirnos algo de la “oscuridad del barrio”, de sus figuras de poder y vigilancia y de sus ulteriores transformaciones en otras figuras que poseen actualmente el mismo rol bajo otros nombres. (Forma parte del caso abierto: El barrio chino a través de los objetos)

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CUADERNO Espacios Historias de vida Objetario Objeto y Memoria (mnemobjetos)

La sillita del colmado La Montserratina

La descubrimos cuando Jordi, del colmado La Montserratina del Carrer Arc del Teatre, nos llevó a la trastienda con el único fin de mostrarnos el espacio. Por entre el montón de cajas vacías, casi escondida, estaba una silla para niños, que no formaba parte de la estantería principal a la vista de la gente, en donde solían colocar los objetos antiguos que les obsequiaban los vecinos (“los objetos de más estatus”). En cuanto la percibimos, intuimos que en esa silla camuflada entre cartones, había un relato potencial. Lo insinuaba su materialidad, madera vieja, oscura, gastada (igual a los “objetos pobres” de Tadeusz Kantor, a sus ojos, esta sería una silla adecuada para desenvolverse por la metafísica material de lo informal). Al preguntar por ella, los hermanos nos contaron que había pertenecido a su padre cuando era niño, era una silla de más de ochenta años, construida por su abuelo, quien fue ebanista. Detectamos los afectos que poseía esa silla, “la infancia del padre” (el cual llegó a hacerse cargo del colmado en los años cincuenta). Con sólo verla, los hermanos parecían revivir un sentimiento a nosotros desconocido. Era una silla que imponía cierto respeto en esa micro-historia que ahora explorábamos, aunque permanecía escondida, sin formar parte de las estanterías principales. No nos supieron decir porqué no estaba a la vista, y en ese gesto, dedujimos que en la silla se silenciaba un afecto que merecía nuestro respeto y también nuestro silencio. (Forma parte del caso abierto: El Barrio Chino a través de sus objetos)

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CUADERNO Historias de vida Objetario Residuos simbólicos

Colillas de tabaco del Barrio Chino

El mejor caso que encontramos de ello, son las colillas de tabaco dentro del Barrio Chino de Barcelona. Estos residuos materiales fueron en “los mercados negros” o mercados estraperlistas (durante la época de racionamiento de alimentos debido a la guerra) una de las principales fuentes de venta, pues muchas personas sobrevivían a través de su recolección. Es uno de los signos más evocados por las personas que vivieron en aquella época. Los recolectores, perseguidores de fumadores pudientes, formaban montoncitos de los distintos tipos de colillas para su re-venta. Hoy se les puede localizar como un elemento insignificante sobre cualquier pavimento del barrio, aunque tengan otro sentido para las las personas nacidas en los años cuarenta que transitan esas calles. (Forma parte del caso abierto El barrio chino a través de sus objetos).

CUADERNO Espacios Objetario Objetos arquitectónicos Procesos

Las baldosas del taller de herramientas


Los fragmentos de baldosas cuasi invisibles que sobreviven afuera de un estanco de Girona, mismos que pertenecían a lo que fue un taller de construcción de herramientas de los Ensesa en los años veintes. Nosotros llegamos a esta localización gracias a los relatos que nos contó el recién fallecido restaurador de metales Joan Ensesa, parte de esta familia. (Forma parte de las investigaciones de nuestro caso resuelto Primer álbum).

CUADERNO Espacios Historias de vida Objetario Objetos arquitectónicos

El escalón de las trabajadoras sexuales

 

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El escalón de una portería en el que esperaban las trabajadoras sexuales, ubicado en un edificio de la Rambla de Barcelona, cerca del Carrer Arc del Teatre. Es un escalón en el que sus zapatos de tacón han dejado su rastro hundido en la piedra, tanto debió de ser su uso. Para quienes lo saben (ya que no se trata propiamente de una atracción para turistas), evoca los tiempos más activos de prostitución por la que se distinguió el barrio, y permite hacer una reflexión en torno a los modos en los que se ha transformado en el tiempo presente. (Forma parte del caso abierto El barrio chino de Barcelona a través de sus objetos).