Hallazgos, preguntas, reflexiones, fechas, hipótesis, sospechas, pistas, direcciones, dibujos, clasificaciones, nombres, materiales, listas, retratos… todas las anotaciones que acaban entre las hojas del cuaderno de un detective de objetos.

CUADERNO Objetario Objetos Ausentes Procesos

Los objetos ausentes

Con nuestro reciente caso resuelto Cuaderno de Campo (julio 2018) accedimos a la investigación de otro tipo de materialidad que dadas las circunstancias, puso en práctica y sin nosotros buscarlo, una tentativa conceptual que desde que comenzamos con la agencia nos atrajo: la posibilidad de hacer un teatro de objetos sin objetos. Mejor dicho, un teatro de objetos documentales sin objetos físicos aunque sí mentales. El vacío material o la inmaterialidad como sustancias que instigaran la emergencia de escenarios impensados y a la vez, mantuvieran su impulso creativo en la existencia virtual de los objetos. Una paradoja que abriera territorios además cercanos con nuestra experiencia contemporánea del desvanecimiento o la transfiguración material hacia la virtualidad, aunque desde otra perspectiva no relacionada a la digitalización sino a la memoria en sí como acontecimiento virtual.
Cuaderno de Campo resolvió dos casos en uno, (léase Cuaderno de Campo en casos resueltos) por un lado nos acercamos a muchos objetos documentales del lado de la memoria botánica (cuadernos de campo, fotografías, dibujos, artefactos científicos, semilleros, prensas de herbario, etc.) pero por la parte de la memoria barraquista nos acercamos a la señalada virtualidad de los objetos al encontrarnos con una gran comunidad de objetos ausentes.

Escombros de barracas encontrados tras hacer “arqueología” en las tierras del Jardín Botánico de Barcelona

 

Cuando nos reunimos con Oriol Granados, estudioso de la historia de la montaña de Montjuïc (creador del Servicio Arqueológico de la Ciudad de Barcelona y que además fue maestro en los barrios de barracas) y le dijimos que éramos detectives de objetos, nos dijo que lo teníamos difícil, que tratar de hablar de la memoria de las barracas a través de la objetualidad era una misión imposible. No sólo por la carencia material que padecía aquel entorno, sino también porque realmente no había quedado nada físico de aquellas comunidades, más allá de algunas fotografías y un gran objeto de objetos: La Voz de la Montaña. Ésta fue una revista de 21 números, escrita por los propios barraquistas entre 1967 y 1968, y en la que escribieron enérgicamente sobre las necesidades infraestructurales de sus barrios, como de su deseo asociativo para el bien de los mismos. Por nuestra parte, “objetocentramos” y recorrimos cada una de sus líneas para adentrarnos en una discursividad hecha por jóvenes principalmente, llena de vida y del afán por mejorar desde la auto-organización el estado de la cosas.

Oriol Granados nos hizo ver que en este caso a resolver, el único objeto restante era la memoria. La memoria convertida en objeto.

Mientras más escuchábamos los testimonios de los ex-barraquistas y sin nosotros preguntarles nada alusivo a los objetos, comprendimos que en realidad estaban llenos de una objetualidad muy vívida que parecía actualizarse en cada narración. Además, por las condiciones precarias del lugar, observamos la semejanza entre los relatos objetuales, el protagonismo recurrente de ciertas cosas en el estado alerta de la supervivencia o el cómo, al vivir en espacialidades tan reducidas, se daban otro tipo de vínculos afectivos con los objetos.
El estado de virtualidad de los objetos parecía abandonar su estado intangible cuando también nuestra comunidad protagonista, accedió a dibujarnos un mapa de sus barracas. Con ellos y ellas revivimos lo que había, lo que no, y cuál era el lugar del cuerpo dentro de la arquitectura emergente, construida a veces, en una sola noche para que la policía no advirtiera la edificación ilegal. Uno de los ex-barraquistas, Pepe Carmona
-quien por azar objetivo nos encontramos en el Jardín Botánico de Barcelona durante nuestras derivas- fue quien mejor nos describió su barraca a escala 1.1. Nos habló también de cómo su madre había preferido tener un mueble económico, a tener uno tipo “Luis XV” que un abogado le había regalado a su esposo, el cual tiró.
En Cuaderno de Campo dejamos clara esta ausencia de materiales físicos, convirtiéndonos así en detectives desde los procesos orales y las variaciones del recuerdo en torno a los objetos. No se trataba ya de cómo algo de las personas y los barrios sobrevivía en los objetos presentes, sino en cómo los objetos y los barrios ausentes sobrevivían, se actualizaban y encarnaban en las personas entrevistadas por nosotros. ¿Cómo traducir ese movimiento subjetivo, ese tránsito psíquico de la materia?
Los objetos ausentes se tradujeron en un recorrido dirigido por el Jardín Botánico de Barcelona, antiguo barrio de barracas, ahora bifurcado entre flora de Australia, Chile, Sudáfrica, California y la Cuenca Mediterránea Europea. Por el camino se encontraban placas en donde se confundía la información de plantas determinadas, con algún detalle cotidiano de las barracas, alusivo a su objetualidad: zurcir las medias de nylon, imaginar los más de 30.000 cubos (cubetas) a la redonda para ir por el agua, el zapatero como oficio crucial en una montaña que había que subir y bajar varias veces al día porque no había transporte. Etcétera. Así fue como aprovechamos e intervenimos las propias placas informativas del jardín y las fuimos desdibujando, para hacer resurgir poco a poco, el otro espacio todavía presente en miles de personas.

La lectura de las placas botánico-barraquistas. Foto de Nino Milone

 

Debajo del llamado “Pino de Can Valero”, uno que ya estaba desde antes de la construcción del jardín y que era de la época de las Barracas, dibujamos con agua, (siempre a punto de borrarse) los perímetros de la barraca de Pepe Carmona escala 1.1, mientras él narraba en voz en off la historia de sus muebles.

Foto de Nino Milone

 

Y debajo de los olivos, desenterramos un libro: Las sombras se equivocaron de dueño. Las barracas de Can Valero Petit de Miquel Cartisano. Éste lo encontramos en la biblioteca, y después pudimos reunirnos con Miquel, actual escritor y filósofo que vivió su infancia en las barracas. Resonamos con su narración porque en ella, se refería y en primera persona, a múltiples descripciones de la vivencia material. Se convirtió con sus memorias en un gran aliado de Cuaderno de Campo. Alrededor de los olivos gemelos de 600 años, dábamos lectura de algunos fragmentos, a la vez que cuestionábamos indirectamente nuestro propio rol de detectives de objetos, en un caso que no nos permitía más que tramitar con su virtualidad psíquica; todo esto en un paisaje que quizá guardaba sólo varias capas de tierra hacia abajo, alguna reminiscencia de lo que ahí habitó. Transcribo algunos pasajes del libro de Miquel:

Miquel Cartisano y su libro “Las Sombras se equivocaron de cdueño. Las barracas de Can Valero Petit”

 

“Había poco dinero circulando, en consecuencia, las personas no eran de multiplicar objetos. Con una cosa de cada bastaba. Así, cuando unos zapatos se estropeaban era cuando te sabías con el derecho a cambiarlos. A nadie se le hubiera ocurrido almacenar dos pares en casa”

“Las señas de identidad de un obrero eran sus herramientas. Rara era la chabola en las que entraras que no hubiera a lado de la puerta los instrumentos de faena bien a la vista. Instrumentos que siempre se enseñaban al visitante como el dato que certificaba que allí vivía una persona de la misma clase y condición que las demás, una persona trabajadora.”

“Contra el frío nocturno, a todos los efectos, La Vanguardia Española era un bien preciado. Mi madre decía que aquel papel de periódico era como el cerdo, del que se aprovechaba todo, incluso los titulares. Lo entendí mucho tiempo después.
Con aquellas hojas se envolvían los bocadillos, se tapaban los orificios de las paredes y las rendijas de la puerta por donde entraba el aire, se liaban los ladrillos calientes que te ponías en los pies cuando el frío era más helado de lo normal, e incluso hacían de alfombra cuando acababas de bañarte en la palangana […]”

“La herramienta principal de Don Cipriano no era la báscula, era su lápiz y su libreta. Allí apuntaba todo lo que fiaba a las familias del recinto. Y todos estábamos en deuda con él […] Entonces, Don Cipriano descolgaba de la oreja su lápiz de punta gorda que lamía con la lengua, y sumaba una interminable columna de pesetas y céntimos.”

“En el bar de los Tres Pins había un teléfono público. Arrinconado en el extremo del mostrador, era capaz de explicarte todas las andanzas de las gentes del poblado. Solo hacía falta alimentarle con una ficha que costaba dos pesetas y con la que abrías las puertas del mundo exterior. El silencio más sepulcral se establecía cuando sonaba el aparato, y en más de una ocasión había que ir a buscar al vecino para decirle que tenía una llamada. De allí partían todas las noticias. Y allí llegaban todas las noticias.”

En su momento, solicitamos al jardín excavar alguna parte de las hectáreas para ver si encontrábamos algún residuo o escombro simbólico, pero al ser un museo, sólo lo pudimos hacer cuando transplantaron de un lugar a otro una suerte de palmera sudafricana (un fósil vegetal, pues ya la comían los dinosaurios) llamada “encefalartos”. Y encontramos pocos restos. Rafa Usero, otro ex-barraquista, nos contó que de hecho, él ya había intentado más de una vez, hacer este trabajo de arqueología por los alrededores de la montaña, y que se emocionaba mucho cuando llegaba a encontrarse algún trozo de “rayola”, de la loza del suelo que ellos colectaban para darle forma a las “casitas emergentes”, muchas de ellas construidas con cartón-cuero.
Estos objetos ausentes se hicieron más invisibles porque con el poco tiempo que les dieron a los barraquistas para desalojar la zona, no les dio la vida para llevarse nada o más todavía, lo dejaron todo para re-inventar su existencia en un nuevo hábitat. Nos quedó claro que ellos y ellas reclaman la presencia ya no tanto de placas conmemorativas (aunque la Comisión Ciudadana para la recuperación de la memoria de las barracas ha conseguido que el Ayuntamiento les ponga más de una) como al menos de señales del pasado urbanístico del lugar, para poder volver y ubicar en dónde estaba el lugar en el que habían vivido su infancia y su adolescencia; y no sentir que la historia de sus barrios no había formado parte de la historia de Barcelona.
Escribe Marina Garcés en Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018) “La historicidad, pues, no es la acumulación de pasados ni la proyección de futuros, sino la potencia inacabada de procesos históricos. Solamente esta potencia de inacabamiento, que la sensibilidad y el pensamiento pueden recoger y transmitir, nos devuelve el carácter contencioso de la historia.” Tal vez los objetos ausentes que vibraron espectralmente con este acontecimiento llamado Cuaderno de Campo, se insertan en esta potencia del inacabamiento de la historicidad. Desde ellos se puede destejer, paradójicamente materializar y debatir, un territorio no reivindicado y que sin embargo, atravesó y atraviesa, al menos tres generaciones de ex-barraquistas. Su historicidad sigue ahí, latiendo, a la espera de que su inacabamiento se haga más visible, más audible; y es precisamente por tal factor inconcluso, que toma fuerza la sensación de lo incapturable al dialogar con los objetos ausentes como documentos. Quedan los cuerpos y su memoria material, y aquí se abre la opción de pensar en otro tipo de teatro de objetos que por ahora se deja aquí como interrogante: ¿Qué problemas y posibilidades nos plantea un teatro de objetos ausentes, un teatro de objetos mentales?

Detective Shaday Larios

 

 

Casos Resueltos CUADERNO Procesos

Cuaderno de Campo

Un día el Festival GREC llamó a nuestra oficina de detectives y nos comisionó trabajar sobre el barrio Poble Sec de Barcelona en un lapso de seis semanas (entre marzo y julio del 2018). Ya puestos y conforme realizábamos entrevistas, un panorama del cual casi nadie sabía darnos razón, aparecía en el pasado de la montaña de Montjuïc: los barrios de barracas poblados por una fuerte migración interna (30.000 personas) que comenzó desde los años veinte y tuvo su mayor auge después de la guerra; sus 6090 chabolas perduraron hasta la década de los setenta, años en los que fueron re-alojados en polígonos y periferias, convirtiéndose en el blanco constante de las autoridades franquistas que buscaban “limpiar” la montaña para cumplir con sus necesidades urbanísticas, tales como hacer un parque de atracciones y darle a Montjuïc el aire deportivo y cultural que hoy es característico dentro de la llamada “marca Barcelona.”

Oficina y lugar de presentación del caso en el Instituto Botánico de Barcelona. La ciudad borrada y el nuevo mapa de fondo. Foto de Ninomilone.tk

 

Fue así que por convicción los detectives nos desviamos de la zona encargada para recorrer la montaña en búsqueda del rastro de aquellos pueblos. Así nos dimos de frente con un espacio híbrido que vislumbramos como el futuro lugar en el cual instalar nuestra oficina para residir temporalmente: El Jardín y el Instituto botánicos de Barcelona. Descubrimos que antes del movimiento de tierras, en dichos espacios se encontraba Can Valero, uno de los barrios principales de barracas. Durante las tres semanas que vivimos con los botánicos construimos un mapa sobre otro mapa. Desdibujamos el presente geográfico de tal espacio lleno de plantas mediterráneas de los cinco continentes, de herbarios históricos, objetos y fondos documentales de botánicos aventureros para en la desfiguración, abrir las heridas y las grietas de una memoria latente: el mapa afectivo perdido en el recuerdo de 30.000 personas. Así nos encontramos ante dos casos unidos por un mismo espacio. Recorrimos por días los caminos del jardín tanto de la mano de botánicos como de ex-barraquistas y percibimos la diferencia de significados que puede tener un mismo lugar según quien lo haya habitado. Pero a la vez vimos cómo parecía que se encontraban unidos por una memoria profunda que intentamos mostrar en nuestro “Cuaderno de Campo”. Nos quedó claro que nunca sabremos con cuántas personas y de qué épocas compartimos nuestros espacios.

Exposición de objetos y fondos documentales del Instituto Botánico en nuestra oficina.
Los detectives en el Jardín. Atrás las Islas Canarias. Foto: Ninomilone.tk

Muchos ex-barraquistas suelen ir al jardín y pagan su entrada no para ver las plantas, sino para recordar los espacios de su infancia y de su adolescencia, sólo que ya no tienen ningún punto de orientación. Ahí quedan algunos árboles sembrados por ellos, como el llamado pino de Can Valero, un punto de intersección entre ambas comunidades que nos llevó a pensar en una posible “etnobotánica afectiva.” Los ex-barraquistas exigen y piden hacer visible lo que ahí existió, no en un afán de nostalgia, sino en un afán de reivindicar una pertenencia, un proceso histórico- migratorio que intentó silenciarse y el cual apenas se conoce.

Pepe Carmona bajo el pino de Can Valero. Ex-barraquista que nos encontramos en el jardín, había venido a recordar el espacio de su infancia.

 

 

 

 

Antigua vista de las barracas de Montjuïc. Foto cortesía de la Comisión Ciudadana para la recuperación de la memoria de las barracas
Portadas de “La voz de la montaña” y debajo un fotoreportaje del transplante de una palmera de una tierra hacia otra tierra; fotos de los años setenta del fondo documental del Instituto Botánico

De este modo conformamos un red colaborativa con la “Comisión Ciudadana para la recuperación de la memoria de las barracas” entidad cooperativa que descubrimos a la par que nos internábamos en el tema.  Nos sumamos a su lucha por hacer visible la memoria del pasado de Montjuïc y la dignidad de sus antiguos habitantes. Gracias a ellos conocimos La Voz de la montaña una revista escrita en los años sesenta por los vecinos barraquistas; en ésta hablaban de las necesidades asociativas de sus barrios para auto-organizarse y cubrir por sí mismos las carencias que el Ayuntamiento no quería escuchar. Ellos consiguieron así salir adelante y abrir por su cuenta un hospital, escuelas matutinas y nocturnas, centros culturales, cines, centros recreativos, tiendas, patronatos de apoyo social, asociaciones múltiples para tratar problemas distintos. 50 años después, la práctica de esa fuerza asociativa perdura y es el pulso de sus barrios en el presente, pues habitar y resolver la precariedad en los pueblos de barracas (ausencia de luz,  de transporte, de agua, de lavabos, etc.) de manera autónoma, acentuó en ellos un sentido comunitario.

Los detectives de objetos en los olivos de 600 años transplantados desde Alicante. Foto de Ninomilone.tk
Oficina de El Solar en el Instituto Botánico de Barcelona Foto. Ninomilone.tk
Espacio pensante de nuestra oficina portátil. Memoria Botánica (MB1) y Memoria Barraquista (MB2) unidas por un mismo trozo de tierra.

“Cuaderno de Campo” es la reunión de hilaturas entre la memoria botánica y la memoria barraquista unidas por un mismo espacio. Mientras los primeros nos hablaban de que todo el jardín era una especie de inventario de estrategias de resistencia, de cooperativismo y de negociaciones constantes a los medios que a las plantas les ofrece la vida, los segundos nos daban el ejemplo en tiempo presente de los poderes que tiene el asociacionismo y la autorganización social.
Nuestra agencia abrió una brecha en el jardín y pudimos conciliar a las dos comunidades, si todo sale bien, el Ayuntamiento abrirá una exposición de las Barracas en la Sala de Exposiciones del Institut Botánic y con suerte se creará una aplicación digital que recorrerá la memoria no sólo de las plantas, sino de parte de la historia de los pueblos afincados en las 14 hectáreas que abarca el terreno.

Exposiciones, grada, oficina y prensa de herbario. Foto. Ninomilone.tk
Archivo de Semillas. Fondos del Instituto Botánico de Barcelona.
Con los asistentes al caso adentro del Ficus australiano. Ahí hablamos de las estrategias cooperativas de los árboles y descubrimos voces de mujeres ex-barraquistas que hablaban de su comunidad. Foto de Ninomilone.tk

Mientras duró “Cuaderno de Campo”, creamos nuestra propia exposición con  materiales de ambos casos, pusimos nuestras placas temporales por los caminos del jardín, hicimos un recorrido alternativo con la gente y descubrimos otra forma de objetualidad latente en el recuerdo barraquista. Pero de esto último se puede leer en la sección objetos ausentes de nuestro objetario. Gracias a toda y tanta gente implicada en la resolución de este entramado de memorias. Ha sido bestial tener cada noche a botánicos y a ex-barraquistas activando junto con nosotros el “Cuaderno de Campo” que los tejió y les dio cita, subjetiva y materialmente. En tanto, la ciudad se veía a lo lejos, abajo, como telón de fondo de las cartografías impensables que urden todo proyecto urbanístico.

Gracias a David Continente (ContiMarku) por los videos.

 

CUADERNO Historias de vida

Mi vida en un álbum

Tocamos el timbre y sin preguntarnos casi nada nos dejaron pasar. Joana y Josep María Sabench, casados desde 1956, estaban sentados alrededor de una colección de relojes de músicas tristes que sonaban en punto. Había también porcelanas y floreros hechos de conchas que recogían los abuelos de Joana, dedicados a la construcción de barcos. Llevaban tres años sin apenas salir de ahí, porque a ella le dolía en los ojos la potencia de la luz, ella, que aprendió a revelar la claridad en tantos paisajes de su ciudad. Su padre, Pereferrer i Barber fue uno de los retratistas más importantes de Girona, y su madre, Dolores Pujol, una de las primeras mujeres fotógrafas de España, ambos le dieron vida a un centro en donde confluían todos los estratos sociales, tejidos por el objeto-retrato adentro de lo que llamaron a partir de 1917, FOTOLUX. Joana y Josep María heredaron el negocio, que cerró en 1989, dejando detrás, más de una foto en cada una de las casas de Girona, y la posibilidad de estudiar una genealogía de los tipos y los rostros, de las otras calles y los otros lugares ahora ausentes, en el conjunto de imágenes que hoy en día, descansan en el Archivo Histórico Municipal.

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La mujer del centro es Dolores Pujol, una de las primeras mujeres fotógrafas de España.

 

Nos abrieron una habitación llena de retratos, de mantillas bordadas que contenían fotos, de cajas de luz blanca que los iluminan, fotos pintadas, retocadas, en color, en sepia o en blanco y negro, ahí la evolución de la familia se sucede en imágenes, el objeto-retrato es fuerte, un verdadero principio arbóreo, genético se entreabre y marca líneas de caras que son las mismas pero se transforman. Hay un piano y junto a él, detrás de la puerta, una estantería repleta de álbumes que no son todos. Cada miembro de su familia tiene uno. Álbumes especiales de piel, grabados y de pasta dura. Cada viaje, cada acontecimiento parece que lo tiene, los álbumes son líneas rituales de vida, con carteles diminutos en caligrafía o a máquina de escribir, recortes de prensa, boletos, postales, publicidades, cerillos, hilos, mapas, facturas, trípticos, todo lo plano que relata y resguarda el tiempo. Como el álbum de su viaje a Berlín en 1973, antes de la caída del muro, que nos enseñan parte por parte hasta llegar a un espacio que dejaron vacío porque se les había perdido un carrete. Cuando quieren recordar un momento, saben que lo tienen custodiado, numerado, y aunque Joana ya no lo puede ver, Josep María le narra los detalles archivados del instante, en el escenario del álbum.

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Nos cuentan que los gitanos inmigrantes iban a FOTOLUX para hacerse retratos, que no tenían ropa ni nada en condiciones como para quedar eternizados en una imagen. Así que los retratistas se hicieron de un repertorio de prendas, dedicadas a embellecer los cuerpos prontos a inmortalizarse en ese objeto que mandarían orgullosos a sus familias. Joyas, un reloj, una piel de bisonte, un “babero-camisa” con corbata y una americana (saco). Lo mismo un vestido de comunión con el que muchas niñas andaluzas se retrataron. Joana nos muestra su propio álbum que tiene casi una foto de cada año de su vida, en una de esas fotos, aparece con el modelo de “babero-camisa” que estará en los álbumes o en lo salones, de cientos de andaluces en el sur de España.

Y es verdad que nos vimos tentados a emprender la ruta de esos retratos dispersos, a trazar el mapa del éxodo de las fotografías que muestran esos atuendos en común; queríamos recuperar relatos alrededor de ese acto único que era hacerse un retrato con una indumentaria falsa y provocar un afecto en ese hecho, además de revisar las razones migratorias. Pero no lo hicimos, teníamos ya otro caso abierto.

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En la sala de espera de FOTOLUX ocurría el surrealismo por sí mismo, se juntaban prostitutas y monjas por igual, porque ante la necesidad de tener la propia imagen, parecía darse una especie de democracia. Venían de los pueblos a fotografiarse y los retratos más antiguos que se conservan, son de campesinos catalanes. Al padre de Joana le distinguió ser un fotógrafo de vagabundos, vendedores ambulantes y mendigos, les buscaba un gesto auténtico, como aquella postal emblemática del señor que nadie nunca había hecho reír, pero cuando le dijo que “le daría un duro de plata”, pudo así capturar su ínfima alegría. Fue un coleccionista de rostros, de los tipos populares de Girona, aunque también fue retratista de cadáveres y fosas durante la guerra.

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Joana y Josep María tenían un piano en la sala de espera del estudio, y todavía tienen uno, porque él fue un músico que nunca pudo estudiar música por culpa de Franco, pero consiguió hacer su carrera de manera autodidácta como pianista sobresaliente, y ella lo escuchaba por la radio, hasta que un día terminaron tocando el piano a cuatro manos. Vimos el álbum que resguarda la línea de vida de su carrera musical, y le pedimos que nos tocará una canción. Josep María no tocaba desde hacía muchos años, y mientras sus dedos largos, viejos, recordaban un tema de la película del Dr. Zhivago, Joana que no podía verlo pero sí escucharlo, repetía de memoria las notas a la par.

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Subimos al menos cuatro veces a visitarlos a su casa, siempre llenos de historias impresionantes acompañadas de nuevos álbumes, nos pidieron que por favor no dejáramos de ir antes de desmontar nuestra agencia en la ciudad, y fue lo que hicimos en noviembre del 2016. Nos encontramos a Josep María muy enfermo, sumergido en un sofá y entonces, en lugar de entristecernos pidió que nos sirvieran cava para brindar juntos, y ese fue el último retrato que nosotros nos quedamos de él. Josep María Sabench murió el 4 de febrero del 2017, pero queda Joana, su música, y toda la potencia de su existencia, inventariada en una enciclopedia de álbumes. Buen viaje querido Josep María, en nuestro primer álbum ya tienes tu lugar.

CUADERNO Geobjetos Objetario Procesos

70 años de historia en llaves

Steven Connor señala en Parafernalia, la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos que la llave es un objeto que parece que “tenga que ser legible, es siempre una forma de escritura en hierro”. Como parte de nuestro primer caso resuelto, nos encontramos con que las cuatro generaciones de carpinteros Lladó del Barri Vell de Girona, además de trabajar la madera, se dedicaron a montar y desmontar cerraduras a lo largo de toda la ciudad. En setenta años nunca tiraron ni una sola de las llaves remanentes en ese gesto; están amontonadas en un cajón, aparecen por todos los rincones y en su cuerpo metálico se atestiguan las transformaciones materiales. También guardan llaves que en un acto de confianza les dejaban los vecinos por si tenían que regresar a sus casas a terminar pendientes. Lo mismo las que les confiaban los dueños de muchos comercios. Hay llaves des-cerradas, llaves heridas, llaves que alguna vez fueron poderosas y que hoy todavía están ahí como para recordarnos que fueron importantes.

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Nos dedicamos a localizar dentro de las facturas de la carpintería los lugares en los que se había colocado o descolocado una cerradura y con ello guiamos un mapa del Barrio Viejo, para tratar de ubicar también los lugares ya inexistentes por los que habían pasado los Lladó. A través de sus cerraduras podíamos recorrer espacios y mobiliarios inconexos, a veces ya en desuso. Por ejemplo, montaron cerraduras en la Torre Carlo Magno de la catedral, en el confesionario, para pianos en casas particulares, para maletas en alguno de los conventos, para mueble bares, mesillas de noches, armarios, vitrinas, archiveros, para hileras enteras de buzones en muchas comunidades de vecinos, hileras de contadores de luz, para la caja de limosnas de una de las congregaciones religiosas hecha con madera africana, áticos, puertas y portones de todo tipo, etc. Además tenían un manojo de llaves maestras que abrían muchos muebles de todo el Barri Vell de Girona, provenientes de varias épocas. Por las llaves podíamos observar también la evolución del grosor de las puertas e imaginarnos, preguntarnos e investigar, cómo ha sido el cambio de dimensiones de las viviendas. Sigue Connor sobre las llaves: “han perdido toda materialidad, convertidas en cifras abstractas”. Llaves contraseñas, llaves tarjetas, llaves dígito, llaves voz. Los centenares de llaves que se han guardado en la carpintería Lladó son un catálogo que apunta a esta desmaterialización, sin llegar todavía a perder a su par complementario, la cerradura, el resquicio, el ojo.

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Con las llaves y las facturas de la carpintería pudimos re-construir una cartografía que aún estaba en el imaginario de muchas personas del barrio. Junto con el último carpintero de los Lladó, recorrimos las calles y observamos la metamorfosis de los comercios por entre las calles atestadas de turistas. Nos dimos cuenta cómo en generaciones anteriores se practicaba con recurrencia el coleccionar, el acumular, el guardar; advertimos que era un acto compartido con otras personas de la tercera edad con las que hablamos durante nuestras derivas. Y por estas acumulaciones, en este caso de llaves, era posible trazar espacialidades, construir mapaduras para revisar desplazamientos de la ciudad y sus comercios. El complemento potencial para construir nuestra cartografía fue el tipo de “objeto-factura” almacenado en la carpintería. (Caso resuelto Primer Álbum).

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Foto de Anna Batllo

CUADERNO Geobjetos Objetario Procesos

El objeto factura

   La carpintería resultó ser, entre muchas otras cosas que la desbordaban de sí, un museo del “objeto factura.” Vimos la evolución de sus formas físicas desde 1946 hasta la fecha. Paquetes envueltos con papel y cuerda, cuadernos de todos los tamaños con y sin pasta dura, archiveros de todos los estilos, cajas de cartón, etc. Ignorábamos la precisión que encontraríamos en el interior de estos papeles. En cada uno de ellos se detallaban las acciones que había seguido el artesano para realizar su trabajo, casi como una partitura de acciones, de actemas. En cada una de ellas estaban la fecha y el lugar anotados, así que resultaron ser diarios de construcción, archivos de diseños de interiores y exteriores, planos enteros de colocaciones, restauraciones y destrucciones de muebles e inmuebles de toda Girona. Las facturas fueron puertas para conocer parte por parte cómo habían sido muchos espacios históricos de la ciudad que ya habían desaparecido. Nos adentramos a una ciudad espectral, todavía flotante, todavía con residuos y reciclajes arquitectónicos en la ciudad del presente. Radio Girona, Foto Lux, Farmacia Sagrera entre muchos otros lugares, podían reconstruirse al seguir paso a paso lo que los carpinteros habían hecho. Nos posicionamos en sus ojos, volvimos a recorrer la ciudad de la mano de Armand para anotar la razón de ser de la ciudad perdida, de la ciudad debajo de la ciudad gentrificada.

Catalogamos con distintas entradas una muestra grande de facturas y en base a ellas perfilamos un territorio en un mapa viejo con los nombres antiguos de las calles, el espacio vivido por muchos vecinos. Estrella de Diego en su pequeña crítica cartográfica occidental denominada Contra el mapa, apunta: “Desde arriba las ciudades son como las necesita el deseo: defendidas y poderosas, dilatadas en el tiempo, innumerables, puntos.” Nosotros intentamos hacerlo al revés, a través de las llaves y las facturas de los carpinteros aterrizamos una realidad de la que hablaban los habitantes de toda la vida del Barrio Viejo y que estaba debajo, muy por debajo, o muy fuera, de los mapas que se les venden a los turistas. Cuántos deseos (que jamás contemplarán los mapas oficiales) encontramos de reinventar las calles, de volver a contarlas, de volver a vivirlas, de volver a recorrerlas mentalmente bajo otros “vuelos de reconocimiento”. Tuvimos una breve posibilidad con los geobjetos conservados como patrimonio involuntario en la Carpintería Lladó. (Caso resuelto Primer Álbum).

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Foto de Anna Batllo

 

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Casos Casos Resueltos CUADERNO Espacios Procesos

Nuestro primer caso resuelto: la Carpintería Lladó.

En medio del Barri Vell de Girona, en donde todo se borra y desaparece en una gentrificación sin marcha atrás, hay objetos que marcan una resistencia. Quien los mantiene a salvo en medio del flujo de las desapariciones, levanta una diminuta y personalizada revolución. Nuestro primer caso resuelto, denominado Primer Álbum, encontró ese lugar en donde la objetualidad continúa idéntica desde hace 70 años, objetualidad que funcionó a su vez como un archivo desde el cual pensar el presente de la ciudad: la carpintería ARMAND LLADÓ, sostenida por cuatro generaciones de carpinteros y ubicada en un edificio de mitad del siglo XIX, la antigua sala de baile y Teatro Odeón. Un edificio que no aparece en los libros de historia de Girona y dentro del cual al día de hoy, ejerce su oficio el último carpintero del barrio viejo. Llegamos poco antes de que las inmobiliarias, los nuevos contratos y la ausencia de generaciones sucesivas, contribuyan a clausurar la historia de este lugar. Nuestra agencia se instaló en su interior durante tres meses para después narrar su historia, y reconstruir el antiguo mapa de la ciudad a través de las facturas de la carpintería, pues por las manos de los Lladó han pasado múltiples comercios, servicios y espacios privados emblemáticos, desaparecidos entre otras razones, por la llegada masiva del turismo, pero cuya memoria sobrevive en los inventarios intactos del negocio.

Entre nuestros casos y nosotros se construye una geometría, por la que circulan vidas y objetos que nos llevan a otras vidas y otros objetos. En este caso, la madera y la casi extinta artesanía de los muebles, nos llevaron al reencuentro de una arquitectura borrada y a otras formas de habitar el barrio. Nuestro cómplice principal Armand Lladó y su hermano Joan, colaboraron con nosotros también poniendo la voz y el cuerpo en el resultado escénico presentado en la misma carpintería, para que pudiéramos rendir un homenaje en conjunto a este espacio impresionante, del cual no quedará ni un solo vestigio, cuando se construya en su lugar un restaurante o un hotel. Contaremos en varias entregas, los detalles de la vastedad que ha supuesto adentrarnos en este caso. Lo mejor de todo, el sentido de la complicidad con los Lladó, y el vivenciar cómo una pequeña comunidad se reconocía y participaba del encuentro adentro del teatro de objetos documental, empatía que nos hizo prorrogar más días de lo previsto, la experiencia.

Agradecemos mucho a David Continente de CONTIMARKU por el registro y el trailer que nos hizo.

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El carpintero Armand Lladó. Fotografía de David Continente.

 

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Fusteria Armand Lladó

 

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Fusteria Armand Lladó

 

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Armand Lladó en el Primer Álbum

 

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El escenario en ruinas del viejo Teatro Odeón

CUADERNO Historias de vida Objetario Objeto y Memoria (mnemobjetos)

El mechero del sereno

El sr. Eduardo de la Vega (Presidente de la Asociación de Vecinos del Carrer Arc del Teatre) localizó por entre los lugares más escondidos de su casa, un mechero (encendedor) de un sereno (antiguo vigilante nocturno que había en los barrios, encargados de regular el alumbrado público), quien trabajó durante años en el Raval. Un viejo mechero de los años setenta de color dorado que le había dejado de recuerdo, el día que dejó su empleo. El sr. de la Vega conservaba aquella reliquia y según nos comentó, se trataba de uno de los últimos serenos del Raval, apodado “el grabado.” Para nosotros fue simbólico que él decidiera dejar al proyecto el mechero del último sereno del barrio chino. Presentimos que ese pequeño artilugio tenía todo el potencial de sugerirnos algo de la “oscuridad del barrio”, de sus figuras de poder y vigilancia y de sus ulteriores transformaciones en otras figuras que poseen actualmente el mismo rol bajo otros nombres. (Forma parte del caso abierto: El barrio chino a través de los objetos)

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CUADERNO Espacios Historias de vida Objetario Objeto y Memoria (mnemobjetos)

La sillita del colmado La Montserratina

La descubrimos cuando Jordi, del colmado La Montserratina del Carrer Arc del Teatre, nos llevó a la trastienda con el único fin de mostrarnos el espacio. Por entre el montón de cajas vacías, casi escondida, estaba una silla para niños, que no formaba parte de la estantería principal a la vista de la gente, en donde solían colocar los objetos antiguos que les obsequiaban los vecinos (“los objetos de más estatus”). En cuanto la percibimos, intuimos que en esa silla camuflada entre cartones, había un relato potencial. Lo insinuaba su materialidad, madera vieja, oscura, gastada (igual a los “objetos pobres” de Tadeusz Kantor, a sus ojos, esta sería una silla adecuada para desenvolverse por la metafísica material de lo informal). Al preguntar por ella, los hermanos nos contaron que había pertenecido a su padre cuando era niño, era una silla de más de ochenta años, construida por su abuelo, quien fue ebanista. Detectamos los afectos que poseía esa silla, “la infancia del padre” (el cual llegó a hacerse cargo del colmado en los años cincuenta). Con sólo verla, los hermanos parecían revivir un sentimiento a nosotros desconocido. Era una silla que imponía cierto respeto en esa micro-historia que ahora explorábamos, aunque permanecía escondida, sin formar parte de las estanterías principales. No nos supieron decir porqué no estaba a la vista, y en ese gesto, dedujimos que en la silla se silenciaba un afecto que merecía nuestro respeto y también nuestro silencio. (Forma parte del caso abierto: El Barrio Chino a través de sus objetos)

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CUADERNO Historias de vida Objetario Residuos simbólicos

Colillas de tabaco del Barrio Chino

El mejor caso que encontramos de ello, son las colillas de tabaco dentro del Barrio Chino de Barcelona. Estos residuos materiales fueron en “los mercados negros” o mercados estraperlistas (durante la época de racionamiento de alimentos debido a la guerra) una de las principales fuentes de venta, pues muchas personas sobrevivían a través de su recolección. Es uno de los signos más evocados por las personas que vivieron en aquella época. Los recolectores, perseguidores de fumadores pudientes, formaban montoncitos de los distintos tipos de colillas para su re-venta. Hoy se les puede localizar como un elemento insignificante sobre cualquier pavimento del barrio, aunque tengan otro sentido para las las personas nacidas en los años cuarenta que transitan esas calles. (Forma parte del caso abierto El barrio chino a través de sus objetos).