Historias de vida

Mi vida en un álbum

Tocamos el timbre y sin preguntarnos casi nada nos dejaron pasar. Joana y Josep María Sabench, casados desde 1956, estaban sentados alrededor de una colección de relojes de músicas tristes que sonaban en punto. Había también porcelanas y floreros hechos de conchas que recogían los abuelos de Joana, dedicados a la construcción de barcos. Llevaban tres años sin apenas salir de ahí, porque a ella le dolía en los ojos la potencia de la luz, ella, que aprendió a revelar la claridad en tantos paisajes de su ciudad. Su padre, Pereferrer i Barber fue uno de los retratistas más importantes de Girona, y su madre, Dolores Pujol, una de las primeras mujeres fotógrafas de España, ambos le dieron vida a un centro en donde confluían todos los estratos sociales, tejidos por el objeto-retrato adentro de lo que llamaron a partir de 1917, FOTOLUX. Joana y Josep María heredaron el negocio, que cerró en 1989, dejando detrás, más de una foto en cada una de las casas de Girona, y la posibilidad de estudiar una genealogía de los tipos y los rostros, de las otras calles y los otros lugares ahora ausentes, en el conjunto de imágenes que hoy en día, descansan en el Archivo Histórico Municipal.

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La mujer del centro es Dolores Pujol, una de las primeras mujeres fotógrafas de España.

 

Nos abrieron una habitación llena de retratos, de mantillas bordadas que contenían fotos, de cajas de luz blanca que los iluminan, fotos pintadas, retocadas, en color, en sepia o en blanco y negro, ahí la evolución de la familia se sucede en imágenes, el objeto-retrato es fuerte, un verdadero principio arbóreo, genético se entreabre y marca líneas de caras que son las mismas pero se transforman. Hay un piano y junto a él, detrás de la puerta, una estantería repleta de álbumes que no son todos. Cada miembro de su familia tiene uno. Álbumes especiales de piel, grabados y de pasta dura. Cada viaje, cada acontecimiento parece que lo tiene, los álbumes son líneas rituales de vida, con carteles diminutos en caligrafía o a máquina de escribir, recortes de prensa, boletos, postales, publicidades, cerillos, hilos, mapas, facturas, trípticos, todo lo plano que relata y resguarda el tiempo. Como el álbum de su viaje a Berlín en 1973, antes de la caída del muro, que nos enseñan parte por parte hasta llegar a un espacio que dejaron vacío porque se les había perdido un carrete. Cuando quieren recordar un momento, saben que lo tienen custodiado, numerado, y aunque Joana ya no lo puede ver, Josep María le narra los detalles archivados del instante, en el escenario del álbum.

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Nos cuentan que los gitanos inmigrantes iban a FOTOLUX para hacerse retratos, que no tenían ropa ni nada en condiciones como para quedar eternizados en una imagen. Así que los retratistas se hicieron de un repertorio de prendas, dedicadas a embellecer los cuerpos prontos a inmortalizarse en ese objeto que mandarían orgullosos a sus familias. Joyas, un reloj, una piel de bisonte, un “babero-camisa” con corbata y una americana (saco). Lo mismo un vestido de comunión con el que muchas niñas andaluzas se retrataron. Joana nos muestra su propio álbum que tiene casi una foto de cada año de su vida, en una de esas fotos, aparece con el modelo de “babero-camisa” que estará en los álbumes o en lo salones, de cientos de andaluces en el sur de España.

Y es verdad que nos vimos tentados a emprender la ruta de esos retratos dispersos, a trazar el mapa del éxodo de las fotografías que muestran esos atuendos en común; queríamos recuperar relatos alrededor de ese acto único que era hacerse un retrato con una indumentaria falsa y provocar un afecto en ese hecho, además de revisar las razones migratorias. Pero no lo hicimos, teníamos ya otro caso abierto.

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En la sala de espera de FOTOLUX ocurría el surrealismo por sí mismo, se juntaban prostitutas y monjas por igual, porque ante la necesidad de tener la propia imagen, parecía darse una especie de democracia. Venían de los pueblos a fotografiarse y los retratos más antiguos que se conservan, son de campesinos catalanes. Al padre de Joana le distinguió ser un fotógrafo de vagabundos, vendedores ambulantes y mendigos, les buscaba un gesto auténtico, como aquella postal emblemática del señor que nadie nunca había hecho reír, pero cuando le dijo que “le daría un duro de plata”, pudo así capturar su ínfima alegría. Fue un coleccionista de rostros, de los tipos populares de Girona, aunque también fue retratista de cadáveres y fosas durante la guerra.

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Joana y Josep María tenían un piano en la sala de espera del estudio, y todavía tienen uno, porque él fue un músico que nunca pudo estudiar música por culpa de Franco, pero consiguió hacer su carrera de manera autodidácta como pianista sobresaliente, y ella lo escuchaba por la radio, hasta que un día terminaron tocando el piano a cuatro manos. Vimos el álbum que resguarda la línea de vida de su carrera musical, y le pedimos que nos tocará una canción. Josep María no tocaba desde hacía muchos años, y mientras sus dedos largos, viejos, recordaban un tema de la película del Dr. Zhivago, Joana que no podía verlo pero sí escucharlo, repetía de memoria las notas a la par.

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Subimos al menos cuatro veces a visitarlos a su casa, siempre llenos de historias impresionantes acompañadas de nuevos álbumes, nos pidieron que por favor no dejáramos de ir antes de desmontar nuestra agencia en la ciudad, y fue lo que hicimos en noviembre del 2016. Nos encontramos a Josep María muy enfermo, sumergido en un sofá y entonces, en lugar de entristecernos pidió que nos sirvieran cava para brindar juntos, y ese fue el último retrato que nosotros nos quedamos de él. Josep María Sabench murió el 4 de febrero del 2017, pero queda Joana, su música, y toda la potencia de su existencia, inventariada en una enciclopedia de álbumes. Buen viaje querido Josep María, en nuestro primer álbum ya tienes tu lugar.

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70 años de historia en llaves

Steven Connor señala en Parafernalia, la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos que la llave es un objeto que parece que “tenga que ser legible, es siempre una forma de escritura en hierro”. Como parte de nuestro primer caso resuelto, nos encontramos con que las cuatro generaciones de carpinteros Lladó del Barri Vell de Girona, además de trabajar la madera, se dedicaron a montar y desmontar cerraduras a lo largo de toda la ciudad. En setenta años nunca tiraron ni una sola de las llaves remanentes en ese gesto; están amontonadas en un cajón, aparecen por todos los rincones y en su cuerpo metálico se atestiguan las transformaciones materiales. También guardan llaves que en un acto de confianza les dejaban los vecinos por si tenían que regresar a sus casas a terminar pendientes. Lo mismo las que les confiaban los dueños de muchos comercios. Hay llaves des-cerradas, llaves heridas, llaves que alguna vez fueron poderosas y que hoy todavía están ahí como para recordarnos que fueron importantes.

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Nos dedicamos a localizar dentro de las facturas de la carpintería los lugares en los que se había colocado o descolocado una cerradura y con ello guiamos un mapa del Barrio Viejo, para tratar de ubicar también los lugares ya inexistentes por los que habían pasado los Lladó. A través de sus cerraduras podíamos recorrer espacios y mobiliarios inconexos, a veces ya en desuso. Por ejemplo, montaron cerraduras en la Torre Carlo Magno de la catedral, en el confesionario, para pianos en casas particulares, para maletas en alguno de los conventos, para mueble bares, mesillas de noches, armarios, vitrinas, archiveros, para hileras enteras de buzones en muchas comunidades de vecinos, hileras de contadores de luz, para la caja de limosnas de una de las congregaciones religiosas hecha con madera africana, áticos, puertas y portones de todo tipo, etc. Además tenían un manojo de llaves maestras que abrían muchos muebles de todo el Barri Vell de Girona, provenientes de varias épocas. Por las llaves podíamos observar también la evolución del grosor de las puertas e imaginarnos, preguntarnos e investigar, cómo ha sido el cambio de dimensiones de las viviendas. Sigue Connor sobre las llaves: “han perdido toda materialidad, convertidas en cifras abstractas”. Llaves contraseñas, llaves tarjetas, llaves dígito, llaves voz. Los centenares de llaves que se han guardado en la carpintería Lladó son un catálogo que apunta a esta desmaterialización, sin llegar todavía a perder a su par complementario, la cerradura, el resquicio, el ojo.

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Con las llaves y las facturas de la carpintería pudimos re-construir una cartografía que aún estaba en el imaginario de muchas personas del barrio. Junto con el último carpintero de los Lladó, recorrimos las calles y observamos la metamorfosis de los comercios por entre las calles atestadas de turistas. Nos dimos cuenta cómo en generaciones anteriores se practicaba con recurrencia el coleccionar, el acumular, el guardar; advertimos que era un acto compartido con otras personas de la tercera edad con las que hablamos durante nuestras derivas. Y por estas acumulaciones, en este caso de llaves, era posible trazar espacialidades, construir mapaduras para revisar desplazamientos de la ciudad y sus comercios. El complemento potencial para construir nuestra cartografía fue el tipo de “objeto-factura” almacenado en la carpintería. (Caso resuelto Primer Álbum).

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Foto de Anna Batllo

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El objeto factura

   La carpintería resultó ser, entre muchas otras cosas que la desbordaban de sí, un museo del “objeto factura.” Vimos la evolución de sus formas físicas desde 1946 hasta la fecha. Paquetes envueltos con papel y cuerda, cuadernos de todos los tamaños con y sin pasta dura, archiveros de todos los estilos, cajas de cartón, etc. Ignorábamos la precisión que encontraríamos en el interior de estos papeles. En cada uno de ellos se detallaban las acciones que había seguido el artesano para realizar su trabajo, casi como una partitura de acciones, de actemas. En cada una de ellas estaban la fecha y el lugar anotados, así que resultaron ser diarios de construcción, archivos de diseños de interiores y exteriores, planos enteros de colocaciones, restauraciones y destrucciones de muebles e inmuebles de toda Girona. Las facturas fueron puertas para conocer parte por parte cómo habían sido muchos espacios históricos de la ciudad que ya habían desaparecido. Nos adentramos a una ciudad espectral, todavía flotante, todavía con residuos y reciclajes arquitectónicos en la ciudad del presente. Radio Girona, Foto Lux, Farmacia Sagrera entre muchos otros lugares, podían reconstruirse al seguir paso a paso lo que los carpinteros habían hecho. Nos posicionamos en sus ojos, volvimos a recorrer la ciudad de la mano de Armand para anotar la razón de ser de la ciudad perdida, de la ciudad debajo de la ciudad gentrificada.

Catalogamos con distintas entradas una muestra grande de facturas y en base a ellas perfilamos un territorio en un mapa viejo con los nombres antiguos de las calles, el espacio vivido por muchos vecinos. Estrella de Diego en su pequeña crítica cartográfica occidental denominada Contra el mapa, apunta: “Desde arriba las ciudades son como las necesita el deseo: defendidas y poderosas, dilatadas en el tiempo, innumerables, puntos.” Nosotros intentamos hacerlo al revés, a través de las llaves y las facturas de los carpinteros aterrizamos una realidad de la que hablaban los habitantes de toda la vida del Barrio Viejo y que estaba debajo, muy por debajo, o muy fuera, de los mapas que se les venden a los turistas. Cuántos deseos (que jamás contemplarán los mapas oficiales) encontramos de reinventar las calles, de volver a contarlas, de volver a vivirlas, de volver a recorrerlas mentalmente bajo otros “vuelos de reconocimiento”. Tuvimos una breve posibilidad con los geobjetos conservados como patrimonio involuntario en la Carpintería Lladó. (Caso resuelto Primer Álbum).

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Foto de Anna Batllo

 

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Nuestro primer caso resuelto: la Carpintería Lladó.

En medio del Barri Vell de Girona, en donde todo se borra y desaparece en una gentrificación sin marcha atrás, hay objetos que marcan una resistencia. Quien los mantiene a salvo en medio del flujo de las desapariciones, levanta una diminuta y personalizada revolución. Nuestro primer caso resuelto, denominado Primer Álbum, encontró ese lugar en donde la objetualidad continúa idéntica desde hace 70 años, objetualidad que funcionó a su vez como un archivo desde el cual pensar el presente de la ciudad: la carpintería ARMAND LLADÓ, sostenida por cuatro generaciones de carpinteros y ubicada en un edificio de mitad del siglo XIX, la antigua sala de baile y Teatro Odeón. Un edificio que no aparece en los libros de historia de Girona y dentro del cual al día de hoy, ejerce su oficio el último carpintero del barrio viejo. Llegamos poco antes de que las inmobiliarias, los nuevos contratos y la ausencia de generaciones sucesivas, contribuyan a clausurar la historia de este lugar. Nuestra agencia se instaló en su interior durante tres meses para después narrar su historia, y reconstruir el antiguo mapa de la ciudad a través de las facturas de la carpintería, pues por las manos de los Lladó han pasado múltiples comercios, servicios y espacios privados emblemáticos, desaparecidos entre otras razones, por la llegada masiva del turismo, pero cuya memoria sobrevive en los inventarios intactos del negocio.

Entre nuestros casos y nosotros se construye una geometría, por la que circulan vidas y objetos que nos llevan a otras vidas y otros objetos. En este caso, la madera y la casi extinta artesanía de los muebles, nos llevaron al reencuentro de una arquitectura borrada y a otras formas de habitar el barrio. Nuestro cómplice principal Armand Lladó y su hermano Joan, colaboraron con nosotros también poniendo la voz y el cuerpo en el resultado escénico presentado en la misma carpintería, para que pudiéramos rendir un homenaje en conjunto a este espacio impresionante, del cual no quedará ni un solo vestigio, cuando se construya en su lugar un restaurante o un hotel. Contaremos en varias entregas, los detalles de la vastedad que ha supuesto adentrarnos en este caso. Lo mejor de todo, el sentido de la complicidad con los Lladó, y el vivenciar cómo una pequeña comunidad se reconocía y participaba del encuentro adentro del teatro de objetos documental, empatía que nos hizo prorrogar más días de lo previsto, la experiencia.

Agradecemos mucho a David Continente de CONTIMARKU por el registro y el trailer que nos hizo.

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El carpintero Armand Lladó. Fotografía de David Continente.

 

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Fusteria Armand Lladó

 

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Fusteria Armand Lladó

 

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Armand Lladó en el Primer Álbum

 

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El escenario en ruinas del viejo Teatro Odeón

Objetario Objeto y Memoria (mnemobjetos)

El mechero del sereno

El sr. Eduardo de la Vega (Presidente de la Asociación de Vecinos del Carrer Arc del Teatre) localizó por entre los lugares más escondidos de su casa, un mechero (encendedor) de un sereno (antiguo vigilante nocturno que había en los barrios, encargados de regular el alumbrado público), quien trabajó durante años en el Raval. Un viejo mechero de los años setenta de color dorado que le había dejado de recuerdo, el día que dejó su empleo. El sr. de la Vega conservaba aquella reliquia y según nos comentó, se trataba de uno de los últimos serenos del Raval, apodado “el grabado.” Para nosotros fue simbólico que él decidiera dejar al proyecto el mechero del último sereno del barrio chino. Presentimos que ese pequeño artilugio tenía todo el potencial de sugerirnos algo de la “oscuridad del barrio”, de sus figuras de poder y vigilancia y de sus ulteriores transformaciones en otras figuras que poseen actualmente el mismo rol bajo otros nombres. (Forma parte del caso abierto: El barrio chino a través de los objetos)

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Objetario Objeto y Memoria (mnemobjetos)

La sillita del colmado La Montserratina

La descubrimos cuando Jordi, del colmado La Montserratina del Carrer Arc del Teatre, nos llevó a la trastienda con el único fin de mostrarnos el espacio. Por entre el montón de cajas vacías, casi escondida, estaba una silla para niños, que no formaba parte de la estantería principal a la vista de la gente, en donde solían colocar los objetos antiguos que les obsequiaban los vecinos (“los objetos de más estatus”). En cuanto la percibimos, intuimos que en esa silla camuflada entre cartones, había un relato potencial. Lo insinuaba su materialidad, madera vieja, oscura, gastada (igual a los “objetos pobres” de Tadeusz Kantor, a sus ojos, esta sería una silla adecuada para desenvolverse por la metafísica material de lo informal). Al preguntar por ella, los hermanos nos contaron que había pertenecido a su padre cuando era niño, era una silla de más de ochenta años, construida por su abuelo, quien fue ebanista. Detectamos los afectos que poseía esa silla, “la infancia del padre” (el cual llegó a hacerse cargo del colmado en los años cincuenta). Con sólo verla, los hermanos parecían revivir un sentimiento a nosotros desconocido. Era una silla que imponía cierto respeto en esa micro-historia que ahora explorábamos, aunque permanecía escondida, sin formar parte de las estanterías principales. No nos supieron decir porqué no estaba a la vista, y en ese gesto, dedujimos que en la silla se silenciaba un afecto que merecía nuestro respeto y también nuestro silencio. (Forma parte del caso abierto: El Barrio Chino a través de sus objetos)

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Objetario Residuos simbólicos

Colillas de tabaco del Barrio Chino

El mejor caso que encontramos de ello, son las colillas de tabaco dentro del Barrio Chino de Barcelona. Estos residuos materiales fueron en “los mercados negros” o mercados estraperlistas (durante la época de racionamiento de alimentos debido a la guerra) una de las principales fuentes de venta, pues muchas personas sobrevivían a través de su recolección. Es uno de los signos más evocados por las personas que vivieron en aquella época. Los recolectores, perseguidores de fumadores pudientes, formaban montoncitos de los distintos tipos de colillas para su re-venta. Hoy se les puede localizar como un elemento insignificante sobre cualquier pavimento del barrio, aunque tengan otro sentido para las las personas nacidas en los años cuarenta que transitan esas calles. (Forma parte del caso abierto El barrio chino a través de sus objetos).

Objetario Objetos arquitectónicos

Las baldosas del taller de herramientas


Los fragmentos de baldosas cuasi invisibles que sobreviven afuera de un estanco de Girona, mismos que pertenecían a lo que fue un taller de construcción de herramientas de los Ensesa en los años veintes. Nosotros llegamos a esta localización gracias a los relatos que nos contó el recién fallecido restaurador de metales Joan Ensesa, parte de esta familia. (Forma parte de las investigaciones de nuestro caso resuelto Primer álbum).